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Coherencia - Lo que digo que valoro vs. cómo uso mi dinero

  • Jorge Vargas
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Hace un tiempo, una persona me decía con mucha convicción que valoraba profundamente la tranquilidad. Que ya no quería vivir con presión ni con la sensación constante de estar corriendo.


Mientras hablábamos, revisaba su teléfono. Entraban notificaciones de compras, recordatorios de pagos, mensajes pendientes. Nada extraordinario. Todo normal.


En algún momento, casi sin darse cuenta, dijo:

“Esto lo pago después… esto también… y esto ya veré cómo lo cubro.”

 

No lo dijo con angustia.

Lo dijo con costumbre.

 

Ahí apareció algo claro: la tranquilidad estaba muy presente en su discurso, pero no en la forma en que usaba su dinero cada día.


Y no era un problema de números.

Era un problema de coherencia no revisada.

 

Hay algo que suele incomodar cuando empezamos a mirar el dinero con un poco más de honestidad. No es la falta de ingresos ni los errores del pasado. Es una distancia silenciosa que aparece entre lo que decimos que valoramos y la forma en que usamos nuestro dinero cada día.


No se nota de inmediato.

No aparece como un conflicto explícito.

Se manifiesta más bien como una sensación difusa, una pequeña incomodidad que preferimos ignorar.

 

Decimos que valoramos la tranquilidad, pero vivimos financieramente apurados.

Decimos que valoramos la libertad, pero sostenemos gastos que nos atan.

Decimos que valoramos el tiempo, pero gastamos dinero para compensar el cansancio.

 

No porque seamos incoherentes a propósito,

sino porque pocas veces nos detenemos a mirar esa relación.

 

La coherencia no se declara, se practica

Muchas personas creen que la coherencia es una cuestión de principios claros. Tenerlos ayuda, sin duda. Pero en la práctica, la coherencia no se mide por lo que pensamos de nosotros mismos, sino por cómo se traduce eso en decisiones cotidianas.


El dinero tiene una particularidad:

pone en evidencia lo que priorizamos cuando nadie nos está mirando.

 

No desde el juicio moral,

sino desde la realidad concreta.

 

En qué gastamos primero.

Qué postergamos.

Qué justificamos.

Qué repetimos, aunque sepamos que no nos hace bien.

 

Ahí es donde la coherencia —o su ausencia— se vuelve visible.

 

Cuando el dinero muestra tensiones internas

No siempre hay contradicción. A veces hay tensión.

Y la tensión no es un problema; es información.

 

Puede ser que valores el cuidado personal, pero hoy tu realidad económica no te permita vivirlo como quisieras.

Puede ser que valores la calma, pero estés en una etapa que exige más esfuerzo del que te gustaría.

 

Eso no es incoherencia.

Eso es contexto.

 

La incoherencia aparece cuando dejamos de reconocer esa tensión y empezamos a normalizar decisiones que nos alejan de lo que decimos valorar, sin preguntarnos nada.


El dinero no crea esa distancia.

La revela.

 

Lo incómodo no es mirar, es sostener la contradicción

Hay un punto en el que algo empieza a pesar. No es el gasto en sí, ni el ingreso que falta. Es sostener durante mucho tiempo una forma de usar el dinero que ya no está alineada con lo que sentimos importante.


Y cuando eso ocurre, solemos reaccionar de dos maneras:

o nos justificamos constantemente,

o nos exigimos un cambio brusco que no se sostiene.

 

Ambas evitan lo mismo:

una conversación honesta con nosotros mismos.

 

Coherencia no es perfección

Ser coherente no significa que todo esté alineado todo el tiempo.

Significa darnos cuenta cuando algo dejó de estarlo.

 

Significa poder decir:

“Esto que hago con mi dinero hoy no refleja lo que valoro, y necesito entender por qué.”

 

A veces la respuesta es simple.

Otras, incómoda.

Pero siempre es reveladora.

 

Porque cuando empezamos a mirar el dinero desde este lugar, deja de ser solo una herramienta externa y se convierte en un lenguaje que habla de nosotros.

 

Finalmente

Después de mirar desde dónde te relacionas con el dinero, el siguiente paso no es cambiar nada todavía. Es observar con más atención.


No para corregirte,

sino para comprenderte.

 

Tal vez la pregunta que vale la pena acompañarte esta semana no sea cuánto ganas o cuánto gastas, sino esta:


¿En qué momentos mi forma de usar el dinero se aleja de lo que digo que valoro?


No para juzgarte.

Solo para empezar a alinear, poco a poco, lo que sientes importante con la forma en que lo sostienes en la vida real.

 

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