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El punto de partida

  • Jorge Vargas
  • 22 ene
  • 3 Min. de lectura

Desde dónde me relaciono hoy con el dinero



He visto muchas veces la misma escena, con personas distintas.

Alguien abre su cuenta bancaria, revisa una notificación o piensa en un pago que viene… y algo se tensa por dentro. No siempre es miedo. A veces es cansancio. Otras, una mezcla de culpa y resignación. En ocasiones, una calma frágil que se rompe con cualquier imprevisto.

 

No importa cuánto dinero haya.

La sensación aparece igual.

 

Y ahí suele pasar algo curioso: en lugar de mirar esa sensación, la persona empieza a pensar en soluciones. Más ingresos. Más control. Más orden. Más disciplina. Como si el problema estuviera únicamente afuera, en los números.

Pero el punto de partida casi nunca está ahí.

 

El dinero no empieza en la cifra

Antes de ser una cantidad, el dinero es una experiencia interna.

Una emoción.

Una historia.

Una relación.

 

Dos personas con la misma realidad económica pueden vivirla de formas completamente distintas. Una se siente tranquila. La otra, constantemente en falta. Una decide con claridad. La otra, desde la urgencia.


La diferencia no está en el monto.

Está en desde dónde se relacionan con el dinero.

 

Desde la confianza o desde la sospecha.

Desde la calma o desde la tensión.

Desde la presencia o desde la evitación.

 

Ese “desde dónde” rara vez se mira. Y, sin embargo, condiciona todo lo que viene después.

 

El punto de partida que casi nadie revisa

Muchas veces escucho frases como:

“Cuando gane un poco más, ahí me voy a ordenar.”

“Cuando salga de esta etapa, recién veré con calma.”

“Ahora no quiero ni mirar.”

 

Detrás de esas frases no hay falta de capacidad.

Hay una relación con el dinero que se ha vuelto incómoda.

 

Y cuando algo se vuelve incómodo, solemos hacer dos cosas: controlarlo en exceso o evitarlo por completo. Ambas nacen del mismo lugar: no querer sentir lo que aparece cuando miramos de frente.


Por eso este no es un blog para cambiar nada.

Es un blog para ver.

 

Mirar sin corregir

El verdadero punto de partida no es decidir qué hacer con el dinero, sino observar cómo me siento frente a él hoy. Sin corregirme. Sin juzgarme. Sin explicarme.


¿Qué aparece cuando pienso en dinero?

¿Tensión? ¿Prisa? ¿Vergüenza? ¿Comparación? ¿Desconfianza?

¿O una calma que se sostiene solo mientras nada se mueve?

 

No se trata de etiquetar eso como bueno o malo.

Se trata de reconocerlo.

 

Porque todo intento de “mejorar” la relación con el dinero que no parte de esta mirada termina siendo una forma más sofisticada de huida.

 

El mapa empieza donde estoy parado

Hay una idea que se repite mucho: que el dinero se ordena cuando uno define metas claras. Pero antes de pensar en destinos, hace falta algo más básico.


Saber dónde estoy.


No en términos de cifras, sino en términos de vínculo.

¿Desde dónde tomo decisiones hoy?

¿Desde la tranquilidad o desde el miedo a perder?

¿Desde la claridad o desde la comparación constante?

 

Ese es el verdadero mapa inicial.

Y no suele coincidir con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

 

Finalmente

Este blog no busca que cambies nada.

Busca que te detengas un momento y te mires con honestidad.

 

Antes de pensar en orden, control o crecimiento, hay una pregunta que vale la pena sostener sin apuro:


¿Desde qué lugar interno me relaciono hoy con el dinero?


No para responderla rápido.

No para arreglarla.

Solo para reconocerla.

 

Porque cuando el punto de partida es claro,

el camino —sea cual sea— deja de ser una huida

y empieza a ser una elección.


Este es el primer texto de una serie de blogs que exploran la relación con el dinero desde un lugar distinto:

no desde las cifras,

no desde los consejos,

sino desde lo humano, lo emocional y lo identitario.

 

A lo largo de las próximas semanas, iremos recorriendo distintos territorios —coherencia, ritmo, confianza, sentido— con una intención clara: mirar el dinero como un espejo, no como un enemigo ni como una solución mágica.


No hace falta leerlos todos de una vez.

Esta es una serie pensada para acompañar, para leerse con calma, para resonar más que para convencer.

 

Si este primer punto de partida te resultó familiar, es suficiente.

El resto del camino se irá abriendo paso, una reflexión a la vez.

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